viernes, 5 de diciembre de 2014

... Torturas


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<<... Hay muchas torturas, y el que sufre una tortura quiere verse liberado, lo quiere a todo trance, a toda costa.  Pero uno no puede verse liberado del deseo carnal más que a condición de satisfacerlo, no hay otro medio, no hay otro camino.  Cuando uno no experimenta esto, no puede comprenderlo, pero cuando lo experimenta se comprende a Cristo y las lágrimas fluyen de los ojos.  ¡Dios del cielo! ¡Qué cosa más singular que nuestra carne desee de ese modo la carne, sencillamente porque no es nuestra carne y pertenece a otra alma! ¡Qué extraño y, mirando más cerca, que poca cosa!  Se podría decir: si la carne no desea nada más que eso, ¡séale concedido en el nombre de Dios! ¿Es que quiero derramar su sangre? ¡No quiero más que acariciarla!  Perdone que gima de esa manera, pero no podría entregárseme?  Hay en esto algo muy elevado, no soy una bestia: a mi manera soy yo, a pesar de todo, un hombre.  ¡El deseo de la carne va en todos lo sentidos, no está atado, no está fijo, y por eso lo llamamos bestial! Pero cuando se ha fjado sobre una persona humana con un rostro, nuestros labios hablan de amor.  No es únicamente su torso lo que yo deseo, o a la muñeca de carne de su cuerpo, pues si su rostro fuese de una forma tan solo diferente cesaría tal vez de desearla toda entera, y se ve claramente que es su alma lo que yo amo con mi alma, ya que el amor hacia un rostro es el amor sin alma... >>
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Thomas Mann - La montaña mágica

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