domingo, 24 de mayo de 2015

... Una amputación invisible



Cuando me di cuenta, en el pasillo de un supermercado, de que había perdido el móvil, sufrí un ataque de sudor, pero no de sudor frío, como en las novelas de terror, sino un sudor caliente.  Mi cuerpo padeció un cambio climático que se tradujo en un calentamiento general de la corteza.  Tenía a la vez un sentimiento de extrañeza e incredulidad como si acabara de sufrir la amputación violenta e indolora de un órgano.  Pasada la primera oleada de calor, revisé de nuevo los bolsillos de la chaqueta e investigué su forro sin ningún resultado.
Noté que la gente comenzaba a mirarme y comprendí que mi expresión debía de ser la de un loco. No podía explicarles que mi alteración se debía a la amputación del móvil porque no lo entenderían.  No había herida, no había sangre, no había señales externas de violencia.  Solo quien ha perdido un teléfono móvil tan inteligente como el mío sabe de lo que hablo. No exagero si digo que mi móvil era un órgano más de mi cuerpo, no tan importante como el hígado o los riñones, pero más valioso que el apéndice o la vesícula biliar.  En los viajes me hacía sentirme conectado con mi casa.  En casa, me conectaba con el exterior  (...)
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Fragmento del libro "Los objetos nos llaman"
Juan José Millás