jueves, 18 de junio de 2015

... El hogar y el mundo


"Digo que nos ahogamos.  Principio de una sana política antillana: abrir las ventanas.  Aire.  Aire", escribe Césaire en Tropiques en 1944.
¿En qué dirección hay que abrir las ventanas?
Ante todo hacia Francia, dice Césaire; porque Francia es la Revolución, es Schoelcher; es también Rimbraud, Lautréamont, Breton; es una literatura y una cultura dignas del mayor aprecio.  Luego, hacia el pasado africano, amputado, confiscado y que contiene la esencia soterrada de la personalidad martiniquesa.
Las siguientes generaciones cuestionaron con frecuencia esta orientación cesairiana franco-africana insistiendo en la americanidad de Martinica; en su "créolité" (auténtico mosaico de colores de piel, pero una lengua específica); en sus lazos con las Antillas y toda la América Latina.
Y es que todo pueblo en busca de sí mismo se pregunta dónde se encuentra el eslabón intermedio entre su hogar y el mundo, dónde se encuentra, entre los contextos nacionales y mundiales, lo que llamo contexto medianero. Para un chileno es América Latina; para un sueco es Escandinavia. Evidentemente. ¿Y para Austria? ¿Dónde se sitúa su eslabón? ¿En el mundo germánico? ¿O en la Europa central multinacional? Todo el sentido de su existencia dependía de la respuesta a esta pregunta.  Después de 1918, y aún más radicalmente después de 1945, cuando salió del contexto centroeuropeo, se replegó sobre sí mismo o sobre su germanidad, dejó de ser la esplendorosa Austria de Freud o de Mahler, y pasó a ser otra Austria, con una influencia cultural notablemente restringida Grecia tiene el mismo dilema, pues comparte a la vez el mundo europeo-oriental (tradición bizantina, Iglesia ortodoxa orientación rusófila) y el mundo europeo-occidental (tradición grecolatina, fuerte lazo con el Renacimiento, modernidad)  En polémicas apasionadas, austriacos y griegos pueden cuestionar determinada orientación a favor de otra, pero, tomando cierta distancia, habría que reconocer que hay naciones cuya identidad se caracteriza por la dualidad, por la complejidad de su contexto medianero, y en ello reside precisamente su originalidad.
Volviendo a Martinica, yo diría lo mismo: es la coexistencia de diferentes contextos medianeros lo que produce la originalidad de su cultura.  Martinica: intersección múltiple; encrucijada de continentes; un diminuto pedazo de tierra donde confluyen Francia, África y América.
Sí, es hermoso. Muy hermoso, salvo que a Francia, África y América les importa un pepino.  En el mundo de hoy, apenas se oye la voz de los pequeños.
Martinica: el encuentro de una gran complejidad cultural y de una gran soledad.
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