martes, 21 de junio de 2016

... Lo que nos entregó Dios


<<...  El amor solo se ha convertido en juego y estado de ánimo en Occidente... Pero nosotros, tú y yo, ¿somos occidentales? A veces tengo mis dudas. Y en ocasiones también pienso que el amor es una especie de exacerbación nerviosa aguda y morbosa, cuyo fin no es "dar o recibir" como creen los enamorados... Es un trastorno que puede convertirse en algo trágico, un desequilibrio nervioso que deberíamos superar. A veces lo pienso. Pero luego sucede algo y nos damos cuenta de que esa exacerbación nerviosa llena la vida, no con el ardor de la pasión y el delirio, sino simplemente como acción, una acción lenta, tenaz, en estado de incubación, como un proceso fisiológico, una ley natural, más fuerte que cualquier otra cosa. La gente seguramente tiene buenos motivos para pensar que el amor es más poderoso que la muerte, que abre las tumbas...
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Porque lo que eres y lo que soy, y nuestra situación y nuestro secreto, si lo hubiera, todo ello existe según la ley, y por tanto es repetición. Sin embargo, nos diferenciamos en los matices, gracias a ellos nos convertimos en identidades tenues, ligeras sombras que disfrutan del libre albedrío individual. Tú y yo solo nos reconocemos en los matices. Lo demás es resultado de la ley. Y una ley solo puede contemplarse sumisamente, como todo lo relacionado con Dios.
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¿Qué es el matiz? La intensidad del sentimiento, la intimidad de la respuesta con que el eterno actor reacciona ante la situación en la eterna película, ante la situación del hombre y el mundo... Esta diferencia es la que constituye la verdadera personalidad. Es lo que nos entregó Dios, para que tuviéramos también responsabilidad; y luego nos abandonó. Y a veces, cuando me fijo en lo que se rebela contra la divinidad en mí, en la gente y (según dicen y se intuye en el fondo de la conciencia humana) en los ángeles, siento que es realmente una tarea sobrehumana soportar esa responsabilidad, esa diferencia mínima, o sea, la responsabilidad de poseer una personalidad intransferible...>>
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Sándor Márai, fragmentos de "La gaviota"

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