domingo, 3 de julio de 2016

Chupete rosa, chupete azul


                                                                                           


Yo miraba a mi mellizo, y me miraba a mí y la única diferencia que veía era su cosita de hacer pis, en todo lo demás era igualito a mí. Luego crecimos, a mí me  vistieron de rosa y a él de azul, a mí me dejaron crecer el pelo para peinar trenzas adornadas con lacitos, a mi hermano el pelo corto, al cero, como un hombre. Cuando llegaron los Reyes Magos a mí me dejaron una cocinilla económica con cacharritos y una muñeca, a mi hermanito un fuerte de indios y vaqueros y un balón de fútbol.

Todavía recuerdo los dibujos de aquel cuento de Navidad que contaba cómo y dónde nació el Niño Dios, en sus dibujos, los padres y las madres iban vestidos con mantos y túnicas, y calzados con las mismas sandalias, además,  mujeres y hombres llevaban el pelo igual de largo.  Y recuerdo la dificultad para diferenciar a los hombres de las mujeres. A los hombres los distinguíamos solo si llevaban bien marcada la barba.

Más tarde, mi madre me compró un sujetador y me explicó qué era y para qué el pecho de las niñas, de las mujeres, y me explicó la diferencia, y que a los hombres no se les desarrollaba porque ellos no criaban, era tarea de la hembra. Y me puso ejemplos de ovejas, cabras y todo mamífero del género femenino, y me explicó, poco a poco, la reproducción humana, y ahí también encontré en seguida otra diferencia.  Lo que distingue al hombre de la mujer, al macho de la hembra era solo físico en aspecto, complexión  y fuerza.

Al hilo de la Naturaleza las hembras gestamos, parimos y criamos. 
A mis treinta y nueve años de este s. XXI la única diferencia que advierto además de la procreación y del aspecto físico, es, sin lugar a dudas, su fuerza bruta incomparable a la mía. Solo eso, pero no me interesa en absoluto es una cualidad innata a su sexo.  El que yo, por ser mujer, sea más frágil en cuestión de potencial físico va implícito en el género del ser humano, salvo excepciones, claro.

Ahora, en los tiempos actuales, ambos llevamos pantalones, a la hora de vestir las mujeres salimos ganando, tenemos la alternativa de ir con faldas o con pantalones, ellos también, pero no lo hacen. Puedo asegurar que no es por creernos más que ellos, es simple coquetería femenina al igual que los tacones de aguja y demás etcéteras, y, paro de contar coqueterías.

Pues eso, que, de pensamiento, obra, palabra, sentimiento, sensibilidad, inteligencia, destreza, maldad, benevolencia…, estamos ambos servidos por igual. No consigo entender las “guerras” que tenemos por estas situaciones, condiciones y circunstancias, nunca las he entendido. Tampoco entiendo por qué los empresarios les pagan un salario más alto a ellos. 

Si las féminas hemos cargado con la jornada de trabajo fuera de casa y con las tareas de casa también, no nos lamentemos, que ha sido por voluntad propia, ellos están ahí, igualmente.. Dejémosles hacer, dejémosles que aprendan, démosles la oportunidad de hacerlo mal y, no ir detrás dando gritos:

 –¡Quita! quita, déjame a mí, el polvo no se pasa así, ni la fregona se tuerce de semejante manera, o, ni se te ocurra guisar que “me” pones la cocina perdida. Y no vayas a ir a la compra que no traes nada de “provecho” déjame a mí, anda, que por no saber, no sabes ni hacer las camas, qué digo, ni coger una escoba, ni tender la colada, en condiciones, como se tiene que tender, ni…  

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