viernes, 12 de agosto de 2016

"... el amor es una pequeña cosa que alguien tiene y te presta..."



<<... Qué difícil saber, cuándo podemos decir "nosotros" con certeza. Y la culpa es de los que aman. Son ellos los que provocan las situaciones que van royendo esa mera apariencia de amor que los amados, más torpes o más desinteresados, no habían desenmascarado todavía. Es el amante el que llama su atención sobre la circunstancia de que aquella pobre relación no es el amor Porque el amante sabe que toda su felicidad depende cada vez de otra persona. Y comienza a sentir por ella, mezclado con la adoración que produce tal certidumbre, un extraño rencor. El rencor del preso por su carcelero, de quien sin embargo depende enteramente su libertad. Y sabe el amante que en las manos del otro está lo que más le importa, como un objeto precioso en las manos de un niño, al que no se debe decir la trascendencia atroz de lo que lleva, no se asuste y lo deje caer. Y al mismo tiempo ve el amante que, no sabiendo el otro lo que él sabe, su ira queda injustificada. La ira que promueve la tirantez, la palabra de la que se arrepentirá, los celos que lo llenan todo como una terrible enfermedad que hubiera entrado en una casa y solo de la cual, en adelante, fuese posible hablar. La ira que acabará por destruir lo poco que ahora existe, transformado el amante en verdugo de sí mismo.

Entonces es cuando éste se siente culpable por su terquedad, por su falta de comprensión, por los rechazos de la blandura que, alguna vez y por su causas desconocidas, se despierta débilmente en el que ama. Y esa conciencia de culpabilidad y ese rencor, que son hijos del amor, acaban -el amante lo sabe, lo huele en el aire- por devorar el amor que los produjo. Y se queda solo el amante diciéndose: "Me ha abandonado", cuando es él quien ha expulsado al que amaba con recriminaciones, con excesos, con imprevistas furias que el otro nunca comprendía, que al otro le parecieron insoportables y fingidas. Porque el amante es como un insensato que quisiera llevar, colgado de su cuello continuamente, el mar dentro de un minúsculo guardapelo.

Nadie sino el que ama puede saber cómo no es igual llegar con un poco de retraso a una cita. Cómo se puede morir y resucitar demasiadas veces para no fatigarse. Y sin embargo, cómo el corazón no se fatiga y sigue, un día y otro, esperando que vengan a buscarlo, que lo llamen, que alguien entre diciendo "soy yo", como si supiera que "yo" no puede ser nadie más que él. Con esa seguridad del que es amado, y lo sabe, y no se preocupa por dejar de serlo. Porque para él el amor es una pequeña cosa que alguien tiene y te presta, y tú la usas, casi por cortesía, para no disgustar al dueño de ella...>>
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Antonio Gala

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