sábado, 27 de agosto de 2016

... Huellas del tiempo



Hubo un tiempo en que todas las varillas de mi abanico estaban intactas. A medida que pasaba el tiempo y los años comenzaron a deteriorarse. La tela que sujetaba el armazón iba cambiando su precioso colorido por tonos aviejados a cada trastazo al corazón..., apenas ya si da aire..., apenas ya si puedo respirar...

Me acomodo delante del ordenador portátil, y le cuento, le cuento todo; sabe tanto de mí... Más que yo misma... Cualquiera que pudiese abrirlo tendría ante sí un diario, mi diario, mis neuras camufladas en forma de poemas..., corazón cableado. No sabes tú ni nada, cuánta evasión repartes por las vidas..., gélida máquina removedora de ánimos conectados con el mundo, amasijo de cables, consumidor de tiempo. Asustas.

No, yo no te entregaré mi vida, tú estarás a mi servicio, es una orden, grábala bien en tu memoria, y recuérdamelo cuando ya no pueda recordar, ¡es una orden!

Despliego con furia el abanico esclava de su vaivén en una tarde helada de febrero..., golpeando una y otra vez ese aire que asfixia, desde esta edad en que las mujeres se vuelven invisibles a los ojos de los demás, borrándoles los sentimientos y las emociones. Una vez, y otra, y otra..., lo agito sobre mi corazón aliviando sudores...
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Del libro "Charlas con mi espejo"

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