jueves, 23 de marzo de 2017

... Pudo haberte pasado a ti


- foto simbólica -

Acababa de cumplir diecinueve años cuando falleció la primera persona de mi entorno familiar. Cuánto nos queríamos, cuánto iba a echarlo en falta, lo quería como a un segundo padre.

Ese cariño tan grande me llevó a querer saber de él, si había alguna manera de saber cómo y dónde se encontraba en ese mas allá de la vida yo quería saberlo y si para ello tenía que rezar los ochocientos padrenuestros que me recomendó aquella persona provista, o eso decían, de un don sobrenatural, los rezaría, y los recé. "No hay nadie tan bueno que pueda entrar en el cielo desde el primer momento de su muerte, él está en el purgatorio, pero a las puertas del cielo, solo necesita que reces ochocientos padrenuestros para entrar en el Paraiso"

Ya habían pasado unos meses desde que desapareciera aquella inquietud, mis días transcurrían tranquilos. Había pasado mucho tiempo de aquello cuando, una noche soñé con él. No era uno de esos sueños de muertos que dan miedo, era desear en lo más hondo de tu sentir que se te aparezcan porque quieres verlos y quieres saber de ellos. Y yo en el sueño vi a mi tío en la dársena de una estación rodeado de una multitud. Estaba lloviendo, y mi tío y todos los demás iban tapados con unas mantas grises que llevaban estampadas dos rayas blancas. Yo lo vi en seguida y él a mí también, él miró hacia los ventanales de cristal y me saludó con una mano al tiempo que hacía un gesto como dándome a entender que estuviera tranquila, que él estaba bien, yo seguí mirándolo desde aquella oficina acristalada situada en la segunda planta de la estación hasta que terminó este sueño que aportó más tranquilidad a mi existencia, pero no fui capaz de contárselo a nadie como tampoco conté que recé los ochocientos padrenuestros.

Habían pasado más de dos años de aquel sueño, cuando viajé a otra provincia a visitar a mi tía (hermana de mi tío) que llevaba cinco años postrada en una cama y que según decían ya no reconocía a nadie y apenas hablaba. Difícilmente podré olvidar su emoción cuando me vio allí en la cabecera de su cama, se incorporó lo que pudo, me llamó con aquel diminutivo de mi nombre que solo ella me llamaba y me contó entusiasmada que había visto a mi tío en la estación, que estaba con mucha gente y que iba tapado con una una manta porque llovía.

Pudo haberme pasado a mí
Pudo haberte pasado a ti.

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