jueves, 27 de julio de 2017

... Yo fui amante de un sosias


Amar a un sosias, a una vaina a una hojarasca. Yo amé a un sosias y por amor yo me convertí en su amante y en mi perdición..., solo por su envoltura, por su imagen.
Aquel vendedor ambulante de productos de peluquería y cosmética, tenía buena figura, muy buena presencia, don de gentes y éxito entre todas las mujeres de su gremio y fuera de él. Pasaba los días alardeando donjuanismo, proclama que él "vive de las mujeres". En nada respeta estar casado, para él su trabajo era como ir todos los días a ligar a las distintas discotecas de Madrid. Para eso se viste y se prepara, cuidadosamente, cada día, gastando espejo.

Todo lo que yo había odiado siempre en los hombres, todo lo que yo respetaba en los hombres, todo lo que yo tenía como meta para ser respetada entre los hombres lo perdí. Lo perdí, me perdí en él cuando lo tuve delante, porque ya era la única forma de tenerlo, de retener el pasado, mi pasado.

El representante de productos de peluquería era veintisiete años menor que yo y veinte años menor que su sosias. Cuando sus ojos estuvieron delante de mis ojos, me perdí, me perdí en ellos, porque esos ojos eran sus mismos ojos, esa cara era su misma cara, sus mismos gestos, su misma mirada, su misma estatura, su apostura, su mismo todo, aunque ese todo, no dejaba de ser solo un envoltorio pero su mismo todo, idéntico.

¡Puta vida! Le eché la culpa, culpabilicé a la vida, al destino de las casualidades, por enredador, por plantarme delante la impactante presencia del sosias, de aquel hombre idéntico al de hace tantos años. La vida, el destino caprichoso tuvo la culpa de todo, y de que yo me perdiera, que me perdí.

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