jueves, 22 de septiembre de 2016

...Cómputo diario de mi saldo de trabajo


<<... Solo me faltan seis meses y veintiocho días para estar en condiciones de jubilarme. Debe hacer por lo menos cinco años que llevo este cómputo diario de mi saldo de trabajo.

Verdaderamente, ¿preciso tanto el ocio? Yo me digo que no, que no es el ocio lo que preciso sino el derecho a trabajar en aquello que quiero ¿Por ejemplo? El jardín, quizá. Es bueno como descanso activo para los domingos, para contrarrestar la vida sedentaria y también como secreta defensa contra mi futura y garantizada artritis. Pero me temo que no podría aguantarlo diariamente. La guitarra, tal vez. Creo que me gustaría. Pero debe ser algo desolador empezar a estudiar solfeo a los cuarenta y nueve años. ¿Escribir? Quizá no lo hiciera mal, por lo menos la gente suele disfrutar con mis cartas. ¿Y eso qué? Imagino una notita bibliográfica sobre "los atendibles valores de este novel autor que roza la cincuentena"
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Que yo me sienta, todavía hoy, ingenuo e inmaduro (es decir, con solo los defectos de la juventud y casi ninguna de sus virtudes) no significa que tenga el derecho de exhibir esa ingenuidad y esa inmadurez.
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Cuántas palabras, solo para decir que no quiero parecer patético...>>
(La tregua. Mario Benedetti)
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La vida, las circunstancias, uno mismo, o quién sabe qué lo motivó, si no se ha tenido la oportunidad de trabajar en aquello que uno hubiera deseado, habrá que esperar a que llegue la jubilación, a que la vida alcance hasta ahí. mantener la salud, el ánimo, la economía indispensable y la lucidez mental mínimamente necesaria para seguir siendo un ser independiente y más.  En fin, todo eso que es más propio de cuando se es más joven.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

... A mis soledades voy




A mis soledades voy,
de mis soledades vengo, 
porque para andar conmigo
me bastan mis pensamientos.

No estoy bien ni mal conmigo,
mas dice mi entendimiento
que un hombre que todo es alma
está cautivo en su cuerpo.

De cuantas cosas me cansan
fácilmente me defiendo,
pero no puedo guardarme
de los peligros de un necio.

Él dirá que yo lo soy,
pero con falso argumento,
que humildad y necedad
no caben en un sujeto.

O sabe naturaleza
más que supo en este tiempo,
o tantos que nacen sabios
es porque lo dicen ellos.

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Sin ser pobres ni ser ricos
tienen chimenea y huerto;
no los despiertan cuidados,
ni pretensiones ni pleitos.
ni murmuraron del grande
ni ofendieron al pequeño;
nunca, como yo firmaron
parabién ni pascua dieron

Con esta envidia que digo
y lo que paso en silencio,
a mis soledades voy,
de mis soledades vengo.
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Félix Lope de Vega y Carpio
Romance de El Solitario
y de La Dorotea, 1632
                                                                      (estrofas y versos)

viernes, 9 de septiembre de 2016

... El ciruelo silvestre de mi calle


 

Ya se ha muerto del todo el ciruelo silvestre de mi calle. Se ha muerto el árbol de las flores blancas, abundantes, apiñadas. Vivía aquí, rodeado de abetos, de sauces, de acacias, de plátanos, de pinos, olmos y cipreses coloreando de verde la avenida, tunelando aceras, paseos y  farolas de sombra fresca...

En esta primavera anticipada de febrero, floreció la mitad del árbol, mitad blanco como si estuviera nevado, la otra mitad del color pardusco y gris de palitroques y sarmientos, parecía un dibujo partido por un trazo, a la izquierda las flores a la derecha los palos. Una mitad gris otra mitad blanco como resistiéndose al adiós mientras una muerte prematura iba acechando.

A mediados del verano, en el banco de la esquina donde yace el ciruelo, aquí, en uno de esos bancos de madera que invitan al descanso, está sentado un hombre mayor, me mira y mira el árbol, y habla, habla como para sus adentros...

-Qué pena ¿verdad usted? Se ha muerto el ciruelo, el único en su especie de todo el contorno. Yo venía siempre aquí, a verlo, a sentarme un ratito con él, y sigo viniendo, como cuando se acude a la tumba de un ser querido ¿sabe?  Y, a fuerza de días y de pensar, digo que a este árbol lo ha matado el vacío, sí señor, el vacío que le han hecho los otros árboles, por ser el más hermoso de esta avenida boscosa. Era un ejemplar único. Los otros árboles, aunque frondosos, nos pasaban desapercibidos, pero el ciruelo no, al ciruelo lo miraba todo el mundo. Y en febrero, cuando florecía, todos se paraban delante de él y se quedaban quietos, como pasmados, admirándolo, que eso lo he visto yo, y gente que no era del barrio y venían a ver el ciruelo silvestre florido. Y le han hecho veinte mil fotos, que eso lo he visto yo, y a los otros árboles, nada, ni tampoco nadie se paraba a mirarlos. Sus hermanos los árboles le fueron haciendo el vacío, lo ignoraron, lo ningunearon..., eso ha matado al ciruelo, lo mismo que mata a las personas la soledad, y ya está dicho y sanseacabó. Que yo no es que entienda de árboles, pero son seres vivos, que gozan y sienten y padecen..., igual que las personas.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

... ¡Sembremos!


"Hermoso es entender y saber que jamás ha de morir un pensamiento; que así como tú, que lo engendraste, lo has recogido y creado del pasado todo, así lo has de trasmitir a todo el futuro"

Cuando alguna vez, en los momentos de desaliento, nos entra la tentadora idea de la inutilidad de nuestros esfuerzos, ponémonos a pensar en que nada se pierde, en que así como en el mundo físico no hay pérdida de materia ni de fuerza, no la hay de pensamiento en el mundo moral. No se pierde un átomo de fuerza, ni el más imperceptible y ligero movimiento; se transforman. Tampoco se pierde la menor idea sembrada. Con un solo espíritu en que caiga, basta; está salvada.

¿Que la mayor parte de nuestros esfuerzos son perdidos? ¿Que importa? ¿Que con un esfuerzo como mil apenas lograremos un resultado como uno? Y ¿quién mide el esfuerzo y el resultado: ¿Quién asegura que el que nos parece resultado inmediato no sea más que el arranque de una larga serie de resultados?

¡Sembremos! Sembremos y dejemos a la atmósfera moral que haga el resto, como el labrador confía en la lluvia  al aire y al sol sus semillas. Aremos el suelo de la sociedad, removiéndola; agitémosla y sembremos luego en ella ideas, abnegadamente, sin pensar en nosotros mismos Lo demás vendrá con el tiempo.

El espíritu de apostolado y propaganda es el signo de la juventud de un ideal. Seamos apóstoles y propagandistas del nuestro. Predicando en todas partes y de todas las maneras posibles, sin dejar pasar ocasión de exponerlo y presentarlo.

Que todo el que tenga algo que decir lo diga, sin dejarse dominar por aquello de que otro habrá que lo diga mejor. La propaganda pública es eficaz; pero personalmente de uno a otro, es íntimo coloquio, en trato directo. Casi todos los que llegan a influir poderosamente en una sociedad, tienen, como primera base y núcleo, un círculo mayor o menor de amigos sobre quienes influyen directa y personalmente. En este círculo hallan fuerzas y bríos, sentimientos de esperanza, de confianza y de fe para proseguir su obra.

Sembremos sin mirar hacia atrás, no vayamos como la mujer de Lot, a convertirnos en estatuas de sal que derrite la lluvia. Sembremos, caminando de cara al porvenir, y persuadidos de que es hermoso saber que jamás ha de morir un pensamiento, que así como nosotros, que lo engendramos lo hemos recogido y creado del pasado todo, así lo hemos de trasmitir a todo el futuro.
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Unamuno y la Educación.

martes, 6 de septiembre de 2016

...El mundo creció y nosotros con él.




El mundo creció y nosotros con él.  Y no podíamos imaginar, cuando niños, que se podría vivir sin estar alegres, sin jugar, sin esas ilusiones que te asolaban a todas horas, porque apenas recordábamos a los mayores riendo o entusiasmándose con algo.  Así hablándolo entre la chiquillería, nadie quería hacerse como "ellos" los adultos.  Sí queríamos hacernos grandes, pero nuestro propósito consistía en que seríamos diferentes a los que conocíamos.

Y llegó nuestra juventud, e hicimos las mismas cosas que ellos nos contaron que hicieron en la suya, pero con las diferentes  modernidades que traen los tiempos. Salimos con chicos, con chicas, ellos se fueron al servicio militar y nosotras guardamos su ausencia mientras bordábamos el ajuar. Después compramos una casa y nos casamos. Inconscientemente, empezó nuestra seriedad, luego, fuimos padres y la responsabilidad se hizo más grande y la seriedad también, e hicimos las mismas cosas que hicieron todos los padres y madres. Y los hijos lo llenaron todo, tu vida, tu sentimiento y todo el corazón, con gusto, muy a gusto, tanto, que llegas a olvidarte de todo lo demás.

Mientras tanto seguimos creciendo con el mundo y contemplando la misma historia que se repite, la propia vida que se renueva.  Ahora eres abuelo, aunque no tengas nietos estás en edad de ser abuelo y entiendes a tus abuelos, esa etapa que pensabas, de niño "cómo podrán vivir, tan serios, tan callados, tan haciendo esa vida de personas muy mayores..." 

Y, uno va descubriendo por sí mismo, que hay un porqué muy grande para cada etapa de la vida, para cada edad, que te hace seguir teniendo esas ganas de vivir en este camino del tiempo, tan largo para unos, tan corto para otros... Tan justo o injusto, tan insuficiente o no, ordenado, milimetrado o anárquico. Así hasta que acaba por cazarnos, por muy diligentes que seamos, el tiempo termina cazándonos a todos. El tiempo, esa materia de la que, se cree, está hecha la vida.
¿Qué pasó?  Pasó la vida.


lunes, 5 de septiembre de 2016

... Reloj de arena

Amar la poesía es amar la vida

“Me sucede, hace ya algún tiempo, una cosa pavorosa, y es que el corazón parece habérseme convertido en un reloj de arena; y me paso los días y las noches dándole vueltas. Jamás sentí de tal modo el correr del tiempo. Sabía, si- ¿quién no lo sabe?-, lo sabía; pero no lo sentía como lo siento ahora. Ya no es que se me agranda mi pasado; es que se me achica el porvenir, que disminuyen mis esperanzas”. 

¡Soledad de soledades,
soledad!
me he perdido de mi mismo
la verdad!

¿Es que he muerto sin saberlo,
soledad?
¿es que vivía viviendo 
mi soñar?

Mi voz me llega de fuera,
quién la da?
¿quién es el que así me llama?
Dios sabrá...


Cancionero: diario poético de Unamuno

domingo, 4 de septiembre de 2016

... El grito



Entonces..., se escuchó un grito. Un grito infantil. Las personas que estaban alrededor se sobresaltaron. Una rabieta, justificó la madre. El hombre permaneció callado mirando con desdén a la niña que había hecho trizas la botella del agua.

El sol de poniente ha dejado un resplandor de fuego en el cielo de julio. No es de día ni es de noche, transcurren esos instantes fugaces que llamamos "entre dos luces". El parque del bario está a rebosar; gente sentada en las mesas del kiosco, en los columpios, en la orilla del estanque, tirada en el césped, paseando o haciendo fila en el puesto de helados. 

En el borde esquinado del estanque, el hombre y la mujer sentados a cierta distancia, manipulan cada uno en su móvil. La niña les habla. El hombre la ignora. La madre, sin levantar la vista del teléfono responde con monosílabos. La niña insiste; que su papá le ha dicho que mañana, cuando vuelva de su luna de miel, le traerá una bici rosa de esas que llevan una cesta en el manillar. Pero ellos..., a lo suyo.

La niña se sienta en un banco no muy lejos de donde está su mamá, bebe agua de una botella de plástico hasta que la termina, y luego empieza a golpearla contra el respaldo del banco. Han pasado unos cuarenta minutos. La botella está hecha trizas. La pareja sigue con los móviles. La niña, sentada en el banco.

Entonces..., se escuchó un grito infantil. Podría haber sido el grito determinante de un adulto, pero no lo era.
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Premio Microrrelato. Certamen Literario "Albert Jovell"  (Febrero de 2014)