miércoles, 24 de agosto de 2016

... Dormir del todo



"Yo no iba a conseguir nunca más dormir del todo. Había perdido, como de costumbre, esa confianza, la que hay que tener, realmente inmensa, para quedarse dormido del todo entre los hombres. Habría necesitado al menos una enfermedad, una fiebre una catástrofe concreta, para poder recuperar un poco esa indiferencia, neutralizar mi inquietud y recuperar la tranquilidad idiota y divina, Los únicos días soportables que puedo recordar a lo largo de muchos años fueron los de una gripe con mucha fiebre"
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Céline. "Viaje al fin de la noche"

martes, 23 de agosto de 2016

... La gran fatiga


"La gran fatiga de la existencia tal vez no sea, en una palabra, sino ese enorme esfuerzo que realizamos para seguir siendo veinte años, cuarenta, más aún, razonables, para no ser simple, profundamente nosotros mismos, es decir, inmundos, atroces, absurdos. La pesadilla de tener que presentar siempre como un ideal universal, superhombre de la mañana a la noche, el subhombre claudicante que nos dieron"
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Céline. "Viaje al fin de la noche"

viernes, 19 de agosto de 2016

... Qué hay entre tú y yo


Pregúntale a la vida por qué nos encontramos. Pregúntaselo tú que eres…, eres más lobo, más buscador, más conseguidor.
Dímelo tú que hablas más contigo.

¿Qué somos? Nos escondemos tantas veces ocultando nuestros sentimientos, o eso creo yo. Si te vas y vuelves, y me voy y también vuelvo ¿qué hay entre tú y yo? No sé qué nombre ponerle.
Dímelo tú que hablas más contigo.

Seguí tus pasos y ellos me alejaron de ti, encontré un corazón vacío, inimaginable, y me quiero marchar pero no me dejo, no me dejas, no quieres ver cómo el paso del tiempo nos está haciendo añicos ni yo tampoco, y a mí, me falta nada para refugiarme otra vez a tu lado, me falta una sonrisa, esa mueca cómplice que nos reconcilia siempre. ¿Y, para qué? ¿Durante cuánto tiempo duermo serena, enredada entre tus brazos…?
Dímelo tú que hablas más contigo.

No encuentro entre nosotros ese amor reposado que dicen que nace del día a día, de  la comprensión lenta, del paso del tiempo, no lo encuentro. No vislumbro entre nosotros ese vínculo, fuerte, que dicen que crece a base de sosiego, de placidez, de la calma…  Nuestra historia es un brusco vaivén estoy adivinando, un brusco vaivén del que ninguno de los dos nos queremos bajar. 


sábado, 13 de agosto de 2016

... La nada, el todo.

Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.
Grito «¡Todo!», y el eco dice «¡Nada!».
Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!».
Ahora sé que la nada lo era todo,
y todo era ceniza de la nada.
No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada.)

Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada.
(José  Hierro).

viernes, 12 de agosto de 2016

"... el amor es una pequeña cosa que alguien tiene y te presta..."



<<... Qué difícil saber, cuándo podemos decir "nosotros" con certeza. Y la culpa es de los que aman. Son ellos los que provocan las situaciones que van royendo esa mera apariencia de amor que los amados, más torpes o más desinteresados, no habían desenmascarado todavía. Es el amante el que llama su atención sobre la circunstancia de que aquella pobre relación no es el amor Porque el amante sabe que toda su felicidad depende cada vez de otra persona. Y comienza a sentir por ella, mezclado con la adoración que produce tal certidumbre, un extraño rencor. El rencor del preso por su carcelero, de quien sin embargo depende enteramente su libertad. Y sabe el amante que en las manos del otro está lo que más le importa, como un objeto precioso en las manos de un niño, al que no se debe decir la trascendencia atroz de lo que lleva, no se asuste y lo deje caer. Y al mismo tiempo ve el amante que, no sabiendo el otro lo que él sabe, su ira queda injustificada. La ira que promueve la tirantez, la palabra de la que se arrepentirá, los celos que lo llenan todo como una terrible enfermedad que hubiera entrado en una casa y solo de la cual, en adelante, fuese posible hablar. La ira que acabará por destruir lo poco que ahora existe, transformado el amante en verdugo de sí mismo.

Entonces es cuando éste se siente culpable por su terquedad, por su falta de comprensión, por los rechazos de la blandura que, alguna vez y por su causas desconocidas, se despierta débilmente en el que ama. Y esa conciencia de culpabilidad y ese rencor, que son hijos del amor, acaban -el amante lo sabe, lo huele en el aire- por devorar el amor que los produjo. Y se queda solo el amante diciéndose: "Me ha abandonado", cuando es él quien ha expulsado al que amaba con recriminaciones, con excesos, con imprevistas furias que el otro nunca comprendía, que al otro le parecieron insoportables y fingidas. Porque el amante es como un insensato que quisiera llevar, colgado de su cuello continuamente, el mar dentro de un minúsculo guardapelo.

Nadie sino el que ama puede saber cómo no es igual llegar con un poco de retraso a una cita. Cómo se puede morir y resucitar demasiadas veces para no fatigarse. Y sin embargo, cómo el corazón no se fatiga y sigue, un día y otro, esperando que vengan a buscarlo, que lo llamen, que alguien entre diciendo "soy yo", como si supiera que "yo" no puede ser nadie más que él. Con esa seguridad del que es amado, y lo sabe, y no se preocupa por dejar de serlo. Porque para él el amor es una pequeña cosa que alguien tiene y te presta, y tú la usas, casi por cortesía, para no disgustar al dueño de ella...>>
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Antonio Gala

lunes, 25 de julio de 2016

... Hojarasca



Yo ni sabía que era sabia, eso lo dijiste tú, y que te encontrabas a gusto hablando conmigo, que te hacía sentirte muy bien. Después las conversaciones fueron más largas. Luego más frecuentes. Y más tarde, más largas y más frecuentes. Y empezó a corrernos el tiempo mezclado de un trato exquisito. Yo, ya esperaba tus encuentros con ansia. Tú también. Yo aprendía de lo que tú me contabas. Tú decías que estabas aprendiendo conmigo. Y seguía corriéndonos el tiempo. Y nos nació la confianza. Más tarde la confianza era plena. Después, la confianza ya era ciega. Y así, siendo los dos maestros de los dos pasaban los años. Tú diciendo que siempre ibas a estar. Yo, estando.

Un día me encontré con otra-sabia, o dos, o más. Yo lo vi. Tú me lo ocultaste, y lo mentiste... Mis neuronas dejaron de activarse, mi cuerpo se negó, se vació, hasta quedar convertido en reseca hojarasca. Tú, "siempre habías estado" a la busca de "sabias" de más y más sabias, dejando un reguero de hojarasca por las orillas de tu camino... Yo lo vi. Vi ese reguero. Demasiado tarde lo vi.
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del libro "Charlas con mi espejo"

... Nando


Las tardes de los viernes Dª Fernandina recoge a su nieto Nandito del pensionado infantil para pasar el fin de semana en familia. Tanto para Nandito como para Dª Fernandina, este día, se ha convertido en el día más especial de toda la semana; y no solo por el regocijo que causa a ambos el hecho de estar un par de días juntos. Nandito sale con ganas de comerse las meriendas que le prepara su abuela, porque siempre llevan algo salado y algo dulce, y no como las de la escuela, que nunca están ricas, y además, las comidas y las cenas son de -poca cazuela- para repartir entre tantos niños como hay allí.
Abuela y nieto bien apretados de la mano, volvían a casa.

A Dª Fernandina se le ponen los ojos vidriosos y se le acelera el corazón cada tarde de viernes, cuando estrecha a Nando entre sus brazos. Por más que lo quisiera disimular; ante la mirada interrogante de Nandito, ella se apresura a responder que -aún le dura el constipado- o que -había pillado otro distinto durante la semana. Sin embargo, aquella tarde de viernes Nando no miró a los ojos vidriosos de su abuela. Salió corriendo del pensionado hablando muy deprisa, sin parar, atropellando de tal manera las palabras, que,  los oídos de Dª Fernandina no acertaban a entender que el niño relataba algo sobre Adán y Eva y la señorita de clase...

Al llegar a casa, Nando no fue corriendo a la cocina, como hacía siempre, donde lo esperaba la rica merienda de los viernes. Entró disparado en la salita, arrastró una silla hasta el cuarto de baño, se subió en ella delante del espejo elevando mucho el tono de su voz...

-¡¡¡Abuelita, abuelaaa!!! Si nuestros primeros padres eran blancos, ¿de dónde nacieron los negros...?

D" Fernandina tardó en responder una eternidad.

-El lunes..., cuando llegue el lunes se lo preguntamos a la maestra, ella tiene que saberlo... ¡Cariñico mío...!

Lo llenó de besos mientras los dos se contemplaban en el espejo. Luego, cogió al niño en brazos, retiró la silla y lo sentó delante de la merienda susurrando.

-Qué sabe nadie..., qué sabe nadie...
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Del libro "Charlas con mi espejo"