El médico le había recomendado andar. Andar mucho. Y lo hacía a diario. Lo que más le gustaba era salir por los caminos de tierra y andar el campo.
En un bolso de la chaqueta, llevaba la botella de agua . En el otro, un tentempié dentro de una bolsita de plástico. Cada día comía su almuerzo en un sitio diferente. Hoy en el pinar, al olor de los pinos y de las resinas. Se sentaba en el suelo o en algún tronco viejo. Sacaba el pan, el queso y una naranja. Al momento, acechando a distancia, bajaban los pájaros "al olor" de las migas y de unos trocitos que siempre les daba. Se podría decir que los pájaros ya lo conocían, y lo seguían en sus recorridos adivinando un cebique fácil y seguro.
Luego se dio una vuelta por todo el pinar. Al salir, cogió unos cuántos piñones de una piña que acababa de caer al suelo. Los guardó en la bolsa de la comida y siguió andando hasta los almendros del lindero. Ya estaban cargados de almendras. Almendras verdes de titos-blancos y carnosos. Cogió tres almendras y las puso en la bolsa junto con los piñones. Anudó la bolsa, la metió de nuevo en el bolsillo de la chaqueta y emprendió el camino de vuelta.
Pasados unos días, la mujer de la casa atisbó un pequeño envoltorio en el alféizar de la ventana. Era una bolsita de plástico anudada. Estaba pegajosa. En su interior; almendras y piñones en un mejunje pastoso. La piel verde, tierna y aterciopelada de las almendras se había licuado. Casi la tira; cuando reparó en un tallo diminuto, ¡un brote de piñón...! Un brote de piñón que, al parecer, había germinado gracias a las almendras verdes...
Cogió un envase de yogourt de cristal, le puso dentro un trozo de algodón humedecido con agua, cogió el brote impregnado de líquido-almendroso, lo metió entre el algodón, y lo dejó de nuevo en el rincón de la ventana.
Día a día, tanto el hombre como la mujer, observaban el tallo de pino. De cuando en cuando, echaban unas gotas de agua en el algodón. Aquello no crecía pero tampoco se secaba.
Pasado un tiempo empezó a crecer. Lo cambiaron a un tiesto con tierra y lo dejaron en el mismo rincón de la ventana. Y creció más y más, ya no cabía en el tiesto. Lo metieron en tierra, en el jardín de la parte de atrás de casa.
Verlo crecer era una compensación a sus cuidados. Una gran alegría para éllos.
Pasado un tiempo empezó a crecer. Lo cambiaron a un tiesto con tierra y lo dejaron en el mismo rincón de la ventana. Y creció más y más, ya no cabía en el tiesto. Lo metieron en tierra, en el jardín de la parte de atrás de casa.
Verlo crecer era una compensación a sus cuidados. Una gran alegría para éllos.
Poco a poco, se convirtió en un pino-adolescente. A la vez que el tiempo también se llevaba, en un corto intervalo, a los dueños de la casa, al hombre y a la mujer que habían hecho posible la existencia del pino.
Nadie más que la naturaleza se ocupaba de él; aún así,el pino fortalecía su tronco y sus ramas. Ya no sólo por el mismo, sino por añoranza y por agradecimiento a las personas que ya no estaban. Sintió gustoso la responsabilidad de guardar aquélla casa, que era para él como la suya-propia.
Quiero creer, que su soledad no era tal, porque en el jardín, muy cerca de donde el estaba, había un albaricoque, una higuera y un cerezo. Ya estaban allí cuando el apareció metido en el tiesto. Los tres árboles, multiplicaron su floración y sus frutos desde que el pino fue plantado junto a éllos. Lo que no imaginaba el pino era, que siendo él, por edad, el árbol más joven de los cuatro, aumentaría su tamaño hasta ganarlos en altura y robustez, pero así fue. Y esta fortaleza que desprendía, hacía que la higuera, el cerezo y el albaricoque, se sintieran muy seguros a su lado, sobre todo cuando las tormentas fuertes, o cuando hacía mucho viento. Estar cerca del pino era como tener un buen refugio donde poder guarecerse. El afán de protección del pino lo esparcía también por la casa, la protegía de las lluvias torrenciales, del viento que se empeñaba en levantar las tejas, poniéndola a cubierto bajo sus tupidas ramas. Y así, la casa y aquellos árboles del jardín, vivían felices todos juntos.
Un día, aparecieron otras personas que se pusieron a vivir en la casa y, miraban los árboles desde todos los ángulos del jardín...
Nadie más que la naturaleza se ocupaba de él; aún así,el pino fortalecía su tronco y sus ramas. Ya no sólo por el mismo, sino por añoranza y por agradecimiento a las personas que ya no estaban. Sintió gustoso la responsabilidad de guardar aquélla casa, que era para él como la suya-propia.
Quiero creer, que su soledad no era tal, porque en el jardín, muy cerca de donde el estaba, había un albaricoque, una higuera y un cerezo. Ya estaban allí cuando el apareció metido en el tiesto. Los tres árboles, multiplicaron su floración y sus frutos desde que el pino fue plantado junto a éllos. Lo que no imaginaba el pino era, que siendo él, por edad, el árbol más joven de los cuatro, aumentaría su tamaño hasta ganarlos en altura y robustez, pero así fue. Y esta fortaleza que desprendía, hacía que la higuera, el cerezo y el albaricoque, se sintieran muy seguros a su lado, sobre todo cuando las tormentas fuertes, o cuando hacía mucho viento. Estar cerca del pino era como tener un buen refugio donde poder guarecerse. El afán de protección del pino lo esparcía también por la casa, la protegía de las lluvias torrenciales, del viento que se empeñaba en levantar las tejas, poniéndola a cubierto bajo sus tupidas ramas. Y así, la casa y aquellos árboles del jardín, vivían felices todos juntos.
Un día, aparecieron otras personas que se pusieron a vivir en la casa y, miraban los árboles desde todos los ángulos del jardín...
Aquella misma tarde, llegaron unos hombres provistos de una máquina ruidosa. Uno a uno, fueron talando la vida de los árboles... La del pino también. Los hicieron trozos y los guardaron en la leñera.
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Han pasado unos años, y desde aquí, desde este otro lado de la vida, aún percibimos su fragancia; ese oler a llantos de resina...
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Han pasado unos años, y desde aquí, desde este otro lado de la vida, aún percibimos su fragancia; ese oler a llantos de resina...
